lunes, 14 de marzo de 2016

Experiencias de Evaluación


Recuerdo que en la universidad, al llevar los cursos de pruebas psicométricas de eficiencia, de personalidad y pruebas proyectivas, los profesores se esmeraban por demostrar que las pruebas que enseñaban eran la llave para el éxito en los procesos de evaluación “que todo psicólogo debe de manejar”. Recuerdo el esmero con el que nos hablaban de las propiedades psicométricas de validez y confiabilidad y cómo los instrumentos al poseer éstas propiedades podrían facilitar el mayor conocimiento de los examinados [1]. Así también, las explicaciones de las pruebas proyectivas y cómo remarcaban que estas pruebas no podían ser falseadas, pero lo curioso es que nunca nos enseñaron que el contexto, lugar de procedencia y conceptualizaciones del mundo en la persona podían influir y dar resultados diferentes; es más, no recuerdo que me hayan enseñado una prueba proyectiva donde se pueda hallar un resultado “normal”, es decir, siempre el afán de rotular y decir que “los demás tienen algo”.

Cuando pasé la etapa de internado, en el Hospital Psiquiátrico, en el departamento de Diagnóstico, aprendí un nuevo sentido para interpretar las pruebas, puesto que sólo lo hacía según las vivencias del paciente, las cuales contaba durante la sesión y que eran corroboradas con entrevistas a los familiares (de hecho algo bastante fenomenológico). Entonces las pruebas pasaron a un segundo plano, pues sólo eran complementarias y me centré más en la entrevista y observación para realizar las evaluaciones, que complementaba con las pruebas. Aprendí lo fácil que se les hacía a los pacientes falsear un Millon II, especialmente a los pacientes con problemas adictivos, trastornos borderline de personalidad y también a quienes tenían trastornos de personalidad psicopática.  Observé además, cómo las personas con una aplicación test- retest, pasaban de un temperamento flemático a colérico en tan sólo dos meses [2].

Ha pasado el tiempo y ahora trabajo con personas que son de la selva baja [3], también en procesos de evaluación y es curioso ver cómo el contexto de donde vienen permite entender mejor sus pruebas proyectivas. Por ejemplo, cuando llevé en la universidad el curso de Pruebas Proyectivas, especialmente el del Dibujo de la Figura Humana, recuerdo que se nos enseñaba que los botones en la ropa (es decir la excesiva cantidad) representaba la dependencia que puede tener el individuo hacia alguna figura vinculante, pero en las personas de la selva baja, he hallado que el dibujo de la camisa con botones, no representa en absoluto signo de dependencia, al contrario, representa una visión de elegancia y estatus dentro de su ámbito puesto que no todos tienen la oportunidad de tener una camisa y el que la tiene es considerado como una persona elegante o mejor posicionada. He notado además que el signo de la dependencia materna radica en el dibujo de senos marcados en la figura femenina. Incluso, cuando estructuran el cuerpo y la ropa con la que lo visten, en vez de zapatos suelen poner sandalias o pies descalzos.

Con estas mismas personas, muchas veces los referentes me piden que realice evaluaciones de inteligencia y es curioso cómo uno debe de agenciarse la posibilidad de adaptar las pruebas. Concretamente, al aplicar el WAIS, por ejemplo, hay preguntas como “qué harías si estás en el cine y eres el primero en observar que hay fuego”, lo curioso es que en muchos de los casos, éstos chicos no conocen lo que es un cine y uno tiene que improvisar o preparar reactivos que puedan medir de una u otra manera la misma habilidad que la prueba pretende medir.

Considero que toda esta experiencia de evaluación,  me permite (al menos hasta el momento), llegar a la conclusión de que las pruebas psicológicas no son determinantes en el conocimiento de una persona, nos dan un gran panorama, pero siempre y cuando sean interpretadas en el contexto de la evaluación y de la procedencia del examinado, pues hay que conocer su mundo de significados para poder saber con precisión a qué se refiere cada una de las respuestas que nos dan. He tenido que llevarme en muchos casos la desagradable sorpresa de que algunos colegas al evaluar a estas personas han hecho interpretaciones como si se tratara de personas de la ciudad, es decir, bajo criterios citadinos, por lo cual al emitir resultados los califican en muchos casos como “psicóticos”, “homosexuales” e incluso como “ociosos”, “tontos” o “poco inteligentes”. De hecho esto pone en evidencia la gravísima obligación que tenemos de ser serios en nuestra labor, pues no podemos interpretar las pruebas de la misma manera en diferentes lugares. El Perú, es un país que presenta una pluriculturalidad, y como tal, cada persona debe ser conocida (en su evaluación)  bajo el significado de su propia “cosmovisión”, tomando en cuenta su lugar de procedencia, costumbres, modo de pensar (sobre sí mismo y los demás), modos de relacionarse, etc. y bajo esta perspectiva, nosotros como psicólogos estamos llamados a “quitarnos las sandalias” ante las personas, pues al evaluarlos, debemos saber que “el lugar que pisamos es sagrado”. 

Tomando en cuenta esto último, es importante que el profesional en psicología al hacer uso de las pruebas o durante el proceso de evaluación, no se sienta en una posición de superioridad con respecto al evaluado [4], ya que esto sesgaría por completo los resultados del proceso. Hay que tomar cada proceso como nuevo y tener en cuenta las palabras de Wojtyla [5]: “Hay que experimentar. Hay que empezar desde la experiencia de lo que es, de lo que existe, tal como es, como se manifiesta, sin ninguna condición a priori superpuesta, ni en la experiencia, ni en el desarrollo de la misma”.

Finalmente, considero importante recalcar que el mayor instrumento de evaluación será siempre el investigador o evaluador, las pruebas psicológicas son extensiones del mismo, que permitirán hallar datos que deben ser integrados a lo observado, para que a partir de ello puedan utilizarse las teorías conocidas y en otros casos puedan generarse otras nuevas. No hay que “reificar” a los instrumentos sino que hay que asumirlos simplemente como lo que su nombre señala “instrumentos”.



[1] Lo que me sigo preguntando es: ¿por qué se hace tanto énfasis en estas propiedades si se utilizan en su mayoría pruebas que no están validadas en nuestro medio?... en todo caso, con el mismo énfasis con que se enseñan éstas propiedades, debería realizarse estudios de validación.

[2] A veces era porque simplemente falseaban, a veces porque estaban deprimidos y las preguntas que son parte del inventario de personalidad de Eysenck, se presentaban como indicadores de depresión. Pero si se mide un constructo específico, ¿por qué este varía tanto si es una prueba validada en nuestro medio? ¿Por qué una variable afecta tanto a la otra si la prueba es válida  y mide lo que pretende medir? De hecho, el temperamento es una parte invariable, es decir, controlable pero no mutable.

[3] Cuando hago referencia en este trabajo a personas de la selva baja, me estoy refiriendo a las personas que viven a las orillas del río Amazonas y que no cuentan con servicios básicos, no tienen sistema de desagüe, ni luz ni agua, apenas unas maderas con las que hacen su casa, además de vivir con algunas donaciones que puedan regalar los misioneros de la zona. Me estoy refiriendo a zonas muy precarias y no exploradas por los profesionales de la salud. Normalmente, en el mes de Enero  de cada año, estoy unos 15 días conviviendo con ellos, realizando observación participante como parte de mi trabajo, lo que me permite entenderlos mejor y poder brindarles una mejor ayuda.

[4] Algo así como sentirse “sano” frente al supuesto “enfermo”.

[5] Wojtyla, K. (2005) Mi visión del hombre. Trilogía Inédita I. Madrid, Biblioteca Palabra.